El ejercicio de relato para mañana
.. recién salido del horno.. lo pongo y luego explico lo quería probar..
Añadidas correcciones recomendadas por Techu
…
La última.
La última, esta es la última, lo prometo.
Media hora después, ya me estaba arrepintiendo. Más me vale recoger los restos antes de que vengan éstas. Pero el sueño se fue adueñando de mí, pensé que podía hacerlo más tarde y caí en el sofá durmiendo una plácida siesta. No oí la llave entrando en la cerradura, ni el fregar de la puerta con el suelo, ni el hola de María, una de mis compañeras de piso, al entrar. Me despertó un sucedáneo de berrido y, con un ojo la entreví con los brazos en la cintura, frente a la mesa del salón, con una de las bolsas de cartón en la mano.
-Marcos, ¿qué coño es esto?
-María, deja que te explique -dije mientras me incorporaba.
-¿No has aprendido nada en estos meses? ¿De qué sirve todo el ejercicio físico, todo lo que te hablamos de la vida sana?
-Joder.. María, estaba viendo la tele y… coño, otra vez el anuncio ese de que a la parrilla sabe mejor y… joder, que ya llevaba tres meses tía, ¡tres meses!.. sin probar una.
-Pues eso, tres meses y ahora la has jodido -dijo mientras se llevaba todas las bolsas a la cocina.
Los siguientes días transcurrieron de un modo extraño. Hice compra de verduras para todo el piso, limpié el salón que llevaba dos semanas sin limpiar, el baño aunque no me tocaba y cada tarde salía con la bici a dar un par de vueltas por el parque. María y Sandrine, mi otra compañera de piso, seguían sin hablarme. El comando calabaza, como las llamaba yo internamente, se habían propuesto hacía cinco meses hacer de mi un vegetariano más, llevarme hacia la vida sana, esculpirme un cuerpo de nadador, joderme la vida, vaya. Esos cinco meses, yo me había imaginado embutido en una pelicula tipo El sargento de hierro, o la Teniente Ripley, amenazado con horas de flexiones o ensaladas cargadas de maíz. Las dos llevaban el pelo corto, María algo exagerado, tanto que se había dejado un par de mechones un poco más largos en el flequillo, harta de que la confundieran con un chico. Iban en bici al trabajo, compraban todo en herbolarios, hacían teatro. Cada una por individual era simpática, agradable, la convivencia era cojonuda, pero en tándem sumaban ira contra la carnaza, ferocidad anti-lechal, cruzada contra el jamón. Al principio a mi me había dado igual; ellas comían lechuga, cojonudo, no tocarían mi cuatro jotas de la despensa. Pero poco a poco la cantinela fue haciendo su efecto, unos kilos de menos no me vendrían mal, iba llegando a una edad en que el colesterol podía ser malo y tanta carne es verdad que no era buena. Podrías probarlo por lo menos unos meses.
Me cago en la puta, en qué momento me dejé convencer. Pero me convencieron, es verdad, y aquí estaba, intentando reconvertir mi vida hacia la austeridad carnal. Ellas me habían hecho una dieta… verde, no se me ocurre otro modo de llamarlo, me compré una bici, iba con ellas los fines de semana a excursiones dignas de un Tour, me compraron El libro del vegetariano, una especie de Evangelio para ellas.. era un adepto más.
Pero algo en mi no funcionaba correctamente. En los bares me quedaba como catatónico si veía al camarero cortar jamón, esperaba en el intermedio para ver los anuncios de las hamburguesas y un día casi me detienen por llorar de rodillas frente a un Kebab. Y finalmente caí. Un día, ahora hacía tres meses, comí una hamburguesa, una sola… pensé que no lo notarían, que si la comía por mi cuenta, a hurtadillas, un viernes después del trabajo, sería imposible que ellas se dieran cuenta, pero… Al parecer, un amigo común me había visto en el bar, manda huevos con tanto bar en Madrid, y al llegar a casa tenía al tribunal esperando en el salón; la sentencia estaba clara, doble ración de ejercicios y de tofu.
En esta ocasión la táctica era distinta; el aislamiento. Mis compañeras se habían propuesto ignorarme y lo conseguían. Un mes de celibato porcino, una dedicación enfermiza a las tareas del hogar y constante ejercicio físico, fue lo necesario para que volvieran a dirigirme la palabra. Sabemos que es difícil, me dijeron, pero debes ser fuerte.
Y aquí estoy ahora, apoyado contra la pared, un sudor frío me recorre la espalda. La tripa va ronroneando desde hace un buen rato. Frente a mi, el bar Manolo, posiblemente las mejores hamburguesas de Madrid.
La última, esta es la última, lo prometo.
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Quería probar con los finales circulares, que nunca había hecho uno..
.. lo he escrito muy rápido, pero creo que ha quedado gracioso..
Kermit 23 diciembre 2008. 11:28 am
Tiene gracia. Pero al principio no sabes qué le pasa: si se ha cogido una melopea, o qué. Yo creo que ganaría si se supiera cuál era su vicio desde (casi) la primera línea.
Tatus 23 diciembre 2008. 11:52 am
Tu crees tio?.. justamente yo hubiera preferido que no se supiera hasta el final, pero me parecía un engaño. De esta forma, hay un pequeño guiño, una pequeña trampa, pero no lo suficiente como para molestar o despistar, en seguida sabes lo que hay… no sé..
.. a mi es que ese juego me gusta